A la hora de examinar las distintas respuestas que los estados europeos están intentando articular frente al fenómeno complejo y global de la desinformación online, resuenan las venerables palabras de Stuart Mill, cuando afirmaba que “todo lo que da valor a nuestra existencia depende de las restricciones impuestas a las acciones de nuestros semejantes” y concluía precisamente “que el problema principal que se plantea en los asuntos humanos es saber cuáles han de ser las reglas que gobiernen aquéllas” (1). Porque si bien hay casi unanimidad en considerar que la información falsa, inexacta o engañosa, diseñada, presentada y difundida a través de Internet con la intención de causar un daño social o de obtener un beneficio económico es un problema real para la democracia (2), las divergencias aparecen enseguida, en cuanto se trata de decidir quién ha de actuar, haciendo qué y cómo, para combatir sus efectos nocivos. Si nos fijamos en lo que ha pasado en Alemania, Francia, Reino Unido y España en los últimos dos años, veremos hasta qué punto es cierto todo lo anterior.

 

Una ley dirigida a las redes sociales en Alemania

 

En Alemania hay una ley para la aplicación del Derecho en la red (NetzDG), aprobada por amplia mayoría del Bundestag y en vigor desde el 1 de octubre de 2017, que en palabras de su principal promotor, el ministro de Justicia Heiko Maas, supone “el fin de la ley de la jungla en Internet” (3).

 

La ley va dirigida a proveedores de servicios que operan plataformas de Internet, diseñadas para compartir contenidos y ponerlos a disposición del público, con 2 millones o más de usuarios. Esto es, sus destinatarios son grandes redes sociales, como Facebook, Twitter o YouTube, y no empresas o plataformas que ofrezcan contenido periodístico o editorial, comunicación individual o difusión de contenido específico, como LinkedIn. Y tiene como objeto la retirada de la red social, o su bloqueo, de cualquier contenido ilegal, entendido como aquél que supone la comisión de alguna de una serie de ofensas tipificadas en el Código Penal, relativas a la seguridad del Estado, el orden público, el honor y la intimidad, la libertad sexual, la incitación al odio o la difusión de símbolos de grupos inconstitucionales, por ejemplo, cuando se presente una queja contra el mismo. Todo queda pues, al menos en principio, en manos de la red social.

 

En efecto, la red social, obligada por la ley a mantener un procedimiento efectivo y transparente para gestionar las quejas que reciba, habrá de decidir caso por caso. Si concluye que el contenido es ilegal, entonces habrá de retirarlo o bloquearlo en 24 horas desde que recibió la queja, siempre que la ilegalidad sea manifiesta, o en 7 días, si no lo fuera, aunque tal plazo podrá excederse cuando la decisión dependa de circunstancias de hecho que deban ser comprobadas o si la red social refiere la refiere a una institución de autorregulación. Si concluye lo contrario, desestima la queja y, en consecuencia, mantiene el contenido. En este último supuesto, si la Oficina Federal de Justicia estuviese disconforme con la decisión de la red social, tendrá que dirigirse a un juzgado para conseguir una resolución que declare la ilegalidad del contenido denunciado, si la hubiera, antes de proceder a su retirada o bloqueo.

 

Una segunda obligación que la ley impone a la red social, siempre que reciba más de 100 quejas por año natural sobre contenido ilegal, es publicar, tanto en el diario oficial como en su propia web, un informe semestral sobre la manera en que gestiona las mismas, incluyendo referencias a los esfuerzos que adopta para reducir la actividad ilegal de sus usuarios, los mecanismos establecidos para la presentación de quejas o los criterios con los que decide sobre la retirada o el bloqueo del contenido denunciado, entre otros. (4)

 

En fin, incumplir las obligaciones de la ley acarrea la imposición de multas regulatorias, de cuantía que puede oscilar entre un máximo de 50 millones y un mínimo de 500.000 euros.

 

Una ley contra la manipulación de la información, en períodos electorales, bloqueada en Francia

 

En Francia no hay todavía una ley sobre la materia, frustrándose de esta manera, al menos temporalmente, uno de los proyectos estrella del presidente  Emmanuel Macron para la legislatura (5). Y ello pese a que la Asamblea Nacional, tras constatar “la existencia de campañas masivas de difusión de informaciones falsas destinadas a modificar el curso normal del proceso electoral usando para ello los servicios de comunicación online”, y la insuficiencia de las leyes existentes para permitir la rápida retirada de los contenidos falsos, aprobó el pasado 3 de julio, tras una serie de importantes modificaciones introducidas durante la tramitación parlamentaria, entre ellas las relativas a la educación, una proposición de ley (en realidad dos, la segunda de ellas orgánica, por afectar a la elección presidencial) que incorporaba las siguientes medidas:

 

Primera, la introducción de una nueva acción procesal, consistente en un recurso urgente y simplificado ante un juez civil, ejercitable en un plazo de 3 meses, a contar hacia atrás desde el primer día del mes en que tenga lugar la elección o el referéndum, para que el juez pueda, en un plazo máximo de 48 horas y a petición del ministerio público, partidos políticos, candidatos o de cualquiera que tenga interés en actuar, ordenar a plataformas de Internet proveedores de acceso y distribuidores de contenidos medidas proporcionadas y necesarias dirigidas a poner fin a la difusión de informaciones falsas (“toda alegación o imputación de un hecho inexacto o engañoso”) capaces de alterar la sinceridad del escrutinio futuro y difundidas deliberadamente y de manera artificial o automatizada y masiva por un servicio de comunicación en línea.

 

Segunda, la atribución de nuevos poderes al “Conseil Supérieur de l´Audiovisuel” (CSA), entre ellos el de impedir, suspender o poner fin a las emisiones de servicios de televisión controlados por un Estado extranjero y que atenten contra los intereses fundamentales de la Nación o participen de una empresa de desestabilización de sus instituciones en período electoral, o el de rechazar la petición tendente a la conclusión de un contrato administrativo de concesión del servicio audiovisual o incluso rescindir el mismo, en caso de riesgo grave de atentado contra derechos y valores fundamentales.

 

Y, por último, la imposición de nuevos deberes a plataformas de Internet, proveedores de acceso y distribuidores de contenidos, consistentes en publicar los medios que dedican a la lucha contra las falsas informaciones, o los datos que tienen sobre los anunciantes que hubieran contratado con ellas.

 

No obstante, el Senado francés rechazó, sin demasiadas contemplaciones, todas estas medidas (6). Y puesto que la Comisión mixta paritaria entre ambas Cámaras ha sido incapaz de llegar a un acuerdo de consenso durante el mes de septiembre, el texto aprobado por la Asamblea ha de tramitarse de nuevo, ahora por un procedimiento de urgencia, sin que haya seguridad alguna sobre si el mismo llegará a buen puerto.

 

Un informe provisional sobre desinformación y fake news, aprobado en el Reino Unido

 

En el Reino Unido tampoco hay una ley, ni siquiera la expectativa de que la vaya a haber en un futuro inmediato, sino algo distinto y muy propio de su tradición parlamentaria, como es un informe (“report”) consecuencia de una investigación (“inquiry”) (7). En efecto, el Digital, Culture, Media and Sport Committee de la Cámara Baja publicó el 24 de julio una serie de consideraciones y conclusiones que han de ser leídas, básicamente, como una serie de preocupaciones esenciales en relación al fenómeno de las fake news,difundidas sobre todo a través de las redes sociales, y de acciones urgentes que deben de tomar tanto el Gobierno como las agencias reguladoras independientes. No tiene, pues, carácter vinculante y ni siquiera se trata de una versión final, ya que el propio Comité ha anunciado que publicará un informe definitivo durante el otoño de 2018. Pero sus aportaciones no deben de ser ignoradas, en la medida en que son el resultado de un amplio proceso de información y reflexión, y expresan el sentir de una mayoría muy considerable de parlamentarios de todos los partidos.

 

El informe pide al Gobierno, en primer lugar, que promueva definiciones operativas y consensuadas de los distintos conceptos que cabe distinguir dentro del fenómeno de la desinformación, para lograr claridad, estabilidad y seguridad jurídica. Y también que apoye la investigación sobre los métodos a través de los cuales se crea y expande la desinformación en Internet.

 

En segundo lugar, reclama una actualización del Derecho, a través de principios y normas suficientemente flexibles que sean capaces de afrontar los cambios tecnológicos, que se suceden a gran velocidad. Y una reforma a fondo de la ley electoral, profundamente inadaptada a la era digital.

 

Pero el núcleo del informe lo constituye, en todo caso, la crítica a la regulación, mínima y benévola, y a la práctica, elusiva y egoísta, de las plataformas digitales que operan redes sociales. Para el informe, no es cierto que éstas sean meras compañías tecnológicas y que no tengan ningún papel que jugar en relación al contenido que circula por las mismas, ya que basándose en algoritmos y en intervenciones humanas cambian continuamente lo que sus usuarios ven y dejan de ver. De manera que, sigue el razonamiento, aunque no lleguen a equipararse con las empresas periodísticas que responden del contenido editorial de lo que publican (“publishers”), si deben de tener una clara responsabilidad legal de actuar contra el contenido dañino (“harmful”) e ilegal que circule por ellas. En fin, el informe recomienda igualmente que se obligue a las redes sociales a auditar sus mecanismos de seguridad y sus algoritmos, a actuar contra las cuentas falsas, que degradan la experiencia y defraudan a los anunciantes y a informar a sus usuarios de sus derechos de privacidad.

 

En este informe algunos han visto una wake-up call, una sacudida a la conciencia de la sociedad y de  sus representantes políticos, que ahora se ven impelidos a actuar sin demora (8), mientras que otros, más cínicos, pesimistas o desesperanzados, creen que se trata, simplemente, de una muestra más de impotencia de los poderes públicos y de su falta de medios para actuar frente los gigantes tecnológicos, en una batalla que, a diferencia de lo que ocurre al otro lado del Atlántico, en el Reino Unido se está perdiendo (9).

 

Una propuesta al Gobierno para garantizar la veracidad de las informaciones, derrotada en España

 

De los cuatro países aquí examinados, España es el que presenta una trayectoria de actuación más escueta y menos lucida. Únicamente cabe citar, como hito de alguna relevancia, la Proposición no de ley presentada a principios de 2018 por el Grupo Popular en el Congreso, cuando aún Mariano Rajoy presidía el Gobierno de la nación.

 

La iniciativa, de texto confuso, reiterativo y técnicamente deficiente, proponía, en su parte principal y más polémica,  que el Congreso instase al Gobierno “a impulsar la elaboración de métodos para determinar la veracidad de las informaciones que circulan por servicios conectados a Internet y que tienen como destino al ciudadano, traduciendo esos métodos en medidas de acción que garanticen la detección de esas informaciones en base a un buen método para identificarlas y su “sellado” o descalificación como potencial noticia falsa ante el ciudadano”. Y añadía que, al tratarse de amenazas “que pueden afectar a la seguridad y bienestar sociales, estos métodos y medidas de acción deberían de ser desarrollados por instituciones públicas especializadas en colaboración con proveedores de servicios de Internet, proveedores de infraestructuras de Internet, medios de prensa, usuarios y asociaciones”.

 

Pues bien, el Pleno del Congreso rechazó la totalidad de la misma el 13 de marzo, en un debate en el que junto a intervenciones templadas que reclamaban “un conocimiento más profundo sobre lo que estamos hablando” o “ un gran acuerdo, un pacto de Estado (…) para garantizar en Internet la libertad y los derechos, pero también la seguridad” hubo otras mucho menos matizadas y extremas, que hablaron de “campo minado que va directamente contra los derechos fundamentales”, “teoría de la conspiración y del alarmismo para generar un estado de cosas favorable al control social” o “cuña en el control de la red y (…) sempiterna, atávica e inquisitorial voluntad de censura” (10). Por lo demás, no hay ahora mismo en el horizonte otra cosa que la posible constitución de un grupo de trabajo sobre campañas de desinformación en el seno de la Comisión de Defensa.

 

Conclusiones

 

Las diferencias que pone de manifiesto este breve repaso son más que notables en cuanto a enfoque, área primordial de interés, procesos y contenidos. Esto no debería de extrañarnos, porque al fin y al cabo estamos hablando de Europa, región de diversidad y pluralismo, y de cuatro de sus estados principales. También porque aquí importa, y mucho, la estructura constitucional y legal de cada país, su propia cultura, la coyuntura política concreta y el nivel de conciencia social que exista sobre el problema. Todo ello sirve para explicar y entender la presente situación de divergencia. Pero es preferible fijarse en lo positivo, que se sintetiza en el consenso formado, al menos, alrededor de tres puntos: que la desinformación online es un asunto serio, sobre el que hay que actuar en un marco de respeto a los derechos humanos, que las plataformas digitales han de ser más responsables, transparentes y cooperativas con los poderes públicos, y que tiene que haber una mayor educación ciudadana en redes sociales y medios digitales. Y hay un cuarto, en el que quizás el acuerdo no es tan obvio o tan amplio, pero muy relevante y que, en mi opinión, va a reforzarse en el futuro, que se refiere a la necesidad de intervenciones de los estados, a través del poder legislativo, como vía para completar el planteamiento comunitario (implicación de todas las partes interesadas y preferencia por las medidas “blandas” – de auto regulación y formativas -) en la lucha contra la desinformación online. El tiempo dirá si es así, y si lo es en qué tipo de leyes se concreta.

 

 

 

 

 

 

 

Notas

 

  1. John Stuart Mill, “Sobre la libertad”, (Aguilar, 1971)

 

  1. “A large majority of respondents think that the existence of fake news is a problem in their country (85%) and for democracy in general (83%)”. Flash Eurobarometer, Fake News and Disinformation Online, Abril 2018

 

  1. Linda Kinstler, “Can Germany fix Facebook”, theatlantic.com, 2 Noviembre 2017

 

  1. “Every six months the platforms are required to report their findings. Here are the headlines numbers:

 

  • Twitter received 264,000 complaints and blocked or removed 11 percent of the reported content.
  • YouTube received 215,000 complaints and removed or blocked 27 percent of the reported content, most of which was hate speech or political extremism.
  • Facebook received 1,704 complaints and removed or blocked 21 percent.
  • YouTube removed nearly 93 percent of the content that needed to be blocked within 24 hours of receiving the complaint.
  • In 637 cases Twitter took longer tan 24 hours to remove content.
  • Most of Facebook´s content deletion took place within 24 hours and 24 took more tan a week.”

Lucinda Southern, “Before, it was a black box: Platforms report how they delete ilegal content in Germany”,

         www.digiday.com, 2 Agosto 2018

 

  1. Benjamin Hue, “Loi contre les fake news: ce qui contient le texte du gouvernement”, rtl.fr, 13 Febrero 2018

 

  1. la proposition de loi et la proposition de loi organique n´apportent que des réponses au mieux inefficaces, au pire dangereuses, en tout état de cause sans espoir de lever les incertitudessenat.fr, 26 Julio 2018

 

  1. House of Commons, Digital, Culture, Media and Sport Committee, “Disinformation and “fake news”: Interim Report”, 24 Julio 2018

 

  1. The Guardian view on the fight against fake news: neutrality is not an option, theguardian.com, 29 Julio 2018

 

  1. The fake news inquiry is a tale of British political powelessness”, wired.co.uk, 30 Julio 2018

 

  1. Diario de Sesiones del Congreso de los Diputados, 13 Marzo 2108

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